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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Y, sin pensar en el paraíso, creo que nunca he dejado de estar en él...

Tic-tac. Tic-tac. Mi vida no se mide en un cúmulo de horas, minutos y segundos. Ese tímido sonido que apenas se deja oír emana de un reloj peculiar que se esconde asustado en algún lugar del corazón. Nunca sé desde qué célula susurra, sólo se que lo hace cuando se agota mi dosis de ti. Así es como llevo la cuenta de mis días. Empiezan cuando te veo y acaban cuando te vas. Lo demás es algo tan pasajero que ni si quiera permito que ocupe tu lugar en mi calendario. A veces, cuando los susurros se convierten en grititos acelerados y nerviosos, temo que los oigas y me alejo del cobijo de tu abrazo para retrasar un reencuentro que hasta mi cronógrafo ansía. Tú pareces perdido en el horizonte de mis ojos cristalinos que se atisban más brillantes reflejados en los tuyos que en la imagen de los míos. Con cautela, tus manos juguetean enredándose en mi ropa la cual, ágil, entorpece tu camino hacia nuestra tan visitada Avenida Lujuria, en la 3 con la 15 de la Calle del Deseo hasta llegar a aquel edificio nuevo que han llamado Frenesí, donde me borras el carmín a besos como cada anochecer. A veces entregados en un salvaje vaivén, otras sumidos en un tierno y lento viaje; pero siempre con el placer como único destino. No importa lo que tardemos en llegar; al fin y al cabo, el tiempo se evapora, el tiempo no existe sin recuerdos etiquetados.




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Hacía tiempo que no publicaba nada escrito por mí y es que me cuesta mucho últimamente. Me he acostumbrado tanto a pisar sobre tierra firme que casi se me ha olvidado lo que es dejar volar mi imaginación para que salgan cosas como ésta. Espero que os haya gustado.

martes, 21 de junio de 2011

Vísteme despacio, que tengo prisa.

Florece, como los árboles en primavera. No sé muy bien dónde está el comienzo, ni mucho menos si existirá un final. No me importa que odies mis malos humores, ni mis pequeñas rabietas de esas que crees que surgen de incomprensibles incógnitas, si luego me sigues queriendo y me atraviesas con esa mirada que grita en silencio un angustiado 'qué haría sin ti ahora que te he encontrado'.

Los caracoles van a su ritmo y tú, al suyo. Yo, sin embargo, estoy kilómetros por delante siempre impaciente, siempre con prisas volviendo sobre mis pasos para que no te pierdas. Puede que en realidad retroceda para no perderme yo al tomar un camino que nos separe. No sé si me costaría mucho o poco olvidar que algún día caminamos juntos. Creo que pienso más en lo que me aterrorizaría que tú me olvidaras, porque el viceversa se me antoja inverosímil.

La oscuridad me hace temblar y no de frío. Es extraño temer la sensación de percibir que las sombras te mantienen presa en el mundo ideal de los sueños que, a veces, se torna infernal. Sólo transportándote a mi cama y acariciando tus brazos mientras me protegen encuentro la cura para mis largos paseos nocturnos que transitan mi habitual lecho de lado a lado una y otra vez.

Nadie es perfecto, aunque te enamores. Quizá sea el motivo por el que es tan bonito quererse, porque hasta los detalles más imperfectos te enganchan. Nunca me ha gustado sentirme atada, ni sentir que mi felicidad depende de otra persona y, a pesar de todo, no puedo evitar que mi corazón sea el tuyo, que el tuyo sea el mío.

El viento me sigue guiando en sus infinitos impulsos de libertad, de estar aquí y allí, contigo y sin ti. Por eso habla, calla, ríe, llora, vuela, pero no me sueltes.

sábado, 5 de marzo de 2011

Lo que el viento no te acerca, sal a buscarlo.

"Vendo emociones. Me sobra gran cantidad de miedos y otro tanto de tristeza. Tengo mucho amor escondido y poca gente a la que regalárselo. De alegría no voy muy completa así que lo siento si es lo que más falta te hacía. Te obsequio con suerte, pero sólo para encontrar objetos que creías perdidos, he comprobado que no sirve en juegos de azar. Una lástima que no valga para la lotería, ¿verdad?"

Nunca leía la sección de anuncios del periódico. Sin embargo, había caído sin querer en la trampa de aquellas misteriosas palabras escoltadas por un número de teléfono. Ningún nombre, ninguna explicación, sólo lo que había leído y releído segundos antes. Miró a su alrededor asustado por si alguien se hubiera percatado de sus dudas y estuviera reprimiendo sus ganas de burlarse de él. Echó un vistazo a su móvil, como esperando que supiera lo que debía hacer. Ni siquiera sabía si era una mujer la autora de ese sobrecogedor mensaje cifrado. Le inspiraba tanta curiosidad que casi se dejó llevar por aquel impulso. Pagó su rutinario desayuno: un espumoso capuccino acompañado de un exquisito croissant cubierto de miel. Se guardó el periódico bajo el brazo por si al seguir leyéndolo tuviera más opciones de caer en la tentación y salió a la calle. Al otro lado de la carretera, la chica de hielo le dedicaba una preciosa sonrisa que no duró mucho tiempo. Nunca había comprendido por qué le apodó así la gente del pueblo, a él siempre le sonreía. Revolvía en su bolso para sacar finalmente su móvil. Mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, le veía responder y colgar exasperada con la misma rapidez con la que había cambiado la expresión de su delicado rostro hacía un escaso minuto. Levantó la cabeza, le miró derritiéndole y siguió su camino hacia la floristería. Fingió ir en la misma dirección y, sin comprender muy bien el motivo que le había llevado hasta allí, entró también esperando tras ella su turno.
- ¡Hola, niñita! - Saludó amablemente la anciana. - ¿Qué desea?
- Quiero una docena de orquídeas mariposa.
- Phalaenopsis. El nombre procede del griego: phalaina, “mariposa” y opsis, “parecido”. Por eso, se les llama “orquídeas mariposa”, aunque tiene otros nombres. Son para tu abuela, ¿verdad? - La chica asintió. - ¿Cómo se encuentra?
- Está mejorando. Le daré recuerdos de su parte.
- Me alegro muchísimo. ¿Quiere que le escriba unas notas sobre sus cuidados?
- No se preocupe, mi abuela es una experta. ¿Puede enviárselas a casa?
- Claro. Para el 8 de marzo si no recuerdo mal...
- Recuerda perfectamente.
- ¡Que Dios me guarde mi pequeño don!
Ella no soportaba hablar de temas religiosos, aunque fuera una mera expresión de gratitud de una fe impregnada desde la infancia de aquella honrada mujer entrada en años. Se despidió cortésmente y continuó con aquella bonita mañana de invierno. La nieve hacía juego con su tez de porcelana.
- ¡Joven, oiga!
- ¡Oh, perdóneme! Estaba en mis cosas y...
- No se preocupe. Es una chica muy guapa, lo entiendo.
- No, cree que... Yo no, de verdad. Estaba... contemplando el radiante día que ha amanecido hoy, de veras. Hacía tiempo que no se veía el sol por estas tierras.
La anciana siguió con la conversación, aunque no había conseguido engañarla. A su edad ya sabía demasiado relacionado con el amor. Después de compartir tantos años al lado de su difunto marido, conocía perfectamente aquella mirada aparentemente perdida que seguía las curvas de una mujer.
- He visto en el cartel que necesita un repartidor y me preguntaba si seguía libre el puesto.
- ¿Y su trabajo? ¿Ya no quiere seguir siendo gerente?
- Sí, lo seguiré siendo. Ahora en la empresa no hay mucho que hacer, en esta época estamos un poco parados. Le dejaré mi número de teléfono por si decide darme el puesto.
Cogió una pluma del mostrador y buscó en los bolsillos de su pantalón un trozo de papel, temiendo que aquel arrebato de locura no fuera el último de la jornada.
- Mire, apúntelo aquí mismo -la anciana le cedió un cuaderno donde apuntaba los pedidos de la clientela-. Empiezas el lunes que viene a las nueve de la mañana.
- ¡Genial! Llegaré puntual.
Ya no había forma de volverse atrás, ni si quiera la excusa de rebuscar un pedazo arrugado de papel le podía sacar del lío en el que se había metido. Suerte que su jefe le había ofrecido participar en un nuevo estudio que estaba realizando el gobierno sobre el empleo desde el hogar. Ahora que tenía otro trabajo, no le quedaba más remedio que aceptarlo si quería conservar el actual puesto. Se quedó en medio de la calle mirando la cafetería de la que había salido diez minutos antes, donde casi cometió la insensatez de llamar al número de vete a saber quién, y ahora era repartidor porque no se le ocurría mejor forma de saber dónde vivía la chica que le dejaba helado. Una buena idea para conocer más sobre sus misterios, o tal vez un poco enfermizo. Cómo acabaría todo, aún no lo sabía nadie.







Puede que siga escribiendo sobre estos personajes (si me se ocurre una historia que enganche, claro). No sé, les he cogido cariño. El dibujo también lo he hecho yo en uno de esos ratos libres que no debería tener por aquello del agetreo de la universidad... He perdido un poco de práctica, como con el piano que lo he vuelto a dejar abandonado desde hace unos meses, así que ya es hora de desempolvar mis aficiones.

martes, 1 de marzo de 2011

No intentes entenderlo.

Allí estaba él, sentado en medio de un desierto de semioscuridad, con un boquete en el pecho y el corazón al tenue abrigo de sus manos. No sabía si era un sueño o el río que había corrido siempre en su interior se escaparía por aquella cascada en los cinco segundos de aliento que parecían quedarle. Su vida no se le apareció ante sus ojos. Puede que fuera una buena señal y aquel trasto que había dejado de palpitar no le sirviera para subsistir, así que lo lanzó todo lo lejos que le permitió su leve fuerza. Ya no le dolían sus heridas, ni antiguas, ni recientes. El suelo se agrietó bajo sus pies y cayó en medio de un pasillo. Se alzó aturdido esperando que la nubosidad en el cristalino de sus ojos se esfumara sin cirugía. Los agarrotados músculos de sus piernas aún no le respondían bien. Quiso gritar, pero no encontraba esa parte de su cuerpo que le permitía hacerse notar en aquel inquietante silencio. Desesperado convocó a sus lágrimas que como fieles seguidoras descendieron de lo más alto, de donde la vista no alcanza. Las viscosas paredes del laberinto que le retenía se tornaron transparentes. Escondían todo lo que había retenido, todo lo que había relegado, todo lo que había sentido. Hasta el más mínimo detalle, ése que a la mayoría se nos olvida, estaba allí. Con frialdad se hizo paso con sus finos y alargados dedos de pianista arrancado sus errores que morían al contacto instantáneo con el exterior de su guarida. La ira del cielo le absorbió por su atrevimiento transportándole hacia una elección. En medio de un camino en el que sólo podía avanzar para descifrar el acertijo que abría una puerta, o retroceder para perderse en el alegre colorido de una gran extensión de árboles y matas. Se adelantó abrazando el obstáculo en un intento de apaciguarlo tras su intrusión. Una voz le susurró al oído que abriera los ojos. Se giró tembloroso rezumando por cada poro cada vez más terror. Al fin se percató de que se había equivocado al verse envuelto en medio de una habitación recubierta de espejos. Asumió la condena de aquel juego de infinitos universos paralelos fruto de sus delirios del que puede que nunca supiera salir, del que tal vez nunca pudiera aprender lo que no supo cultivar en vida.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Algunas pesadillas no se acaban cuando abrimos los ojos

Frío. En pleno mes de diciembre era lo habitual, y más en aquella prominente montaña. A ella le parecía una temperatura excelente; pero siempre había sido una chica gélida, así que su opinión casi nunca contaba en estos temas. En lo alto del acantilado, el viento le llenaba los pulmones del aire más puro del planeta con tanta velocidad que casi le ahogaba. Abajo, los árboles parecían una red de seguridad hecha de algodón que le invitaba a lanzarse al vacío como si en un parque de atracciones se encontrara. No le faltaban ganas, ni razones para hacerlo; pero estaba tan agusto camuflada en un entorno tan similar a ella, que decidió quedarse a vivir allí. Siguió bordeando el límite del abismo que le reclamaba su alma. Pisaba con sumo cuidado temiendo romper la magia de aquel hermoso lugar, de esa bella prolongación de su ser. El horizonte simulaba un escalón para ascender a las nubes, y de ahí al cielo. Le ofrecía un ápice de imaginación con el fin de volverle a transportar al mundo de sus sueños que tan abandonado había dejado en ese último año. A la derecha, un pequeño pueblo lucía vivos colores a través del manto de niebla que amenazaba con sumergirla en el olvido durante unos instantes. Se acercaba la Navidad. Su abuela solía desplazarse a la ciudad para pasarla junto a sus padres, su hermano Peter y ella. Esta vez había sido la chica de hielo la que había acudido al amparo de la tranquila casa de Geraldine, su abuela. El piso de la gran metrópoli estaba a la venta. Ya no soportaba dormir bajo ese techo, no después de todo lo ocurrido. Lágrimas brotaron como manantiales refrescándole no sólo por fuera, sino también recorriendo cada célula de su desgarrado corazón. Comenzaba a anochecer y sabía que le esperaba una pequeña reprimenda de Geraldine al llegar a casa. "Te tengo dicho que no salgas con este tiempo. Si te pilla una tormenta podrías perderte y a mi edad no estoy hecha a prueba de tantos disgustos, hija mía. Hazlo por mí aunque sea..." le repetía una y otra vez. No lo entendía, no comprendía que necesitaba esos momentos de soledad mirando a la nada mientras el furioso viento le abofeteaba sin tregua. Tenía que sacar su corazón quebrado a pasear para congelar sus trozos cual agua de río y así, asegurarse de que por la noche se mantendrían intactos cuando su subconsciente le traicionara como cada vez que se adentraba en la profunda oscuridad de su interior. "¡Tú les mataste! No llorás de tristeza, lloras porque sabes que fue tu maldita culpa". Nunca debió pronunciar aquellas palabras, y las consecuencias le impedían descansar a la hora de acostarse. Peter era tres años menor que ella y siempre habían sido uña y carne, hasta que se quedó dormido al volante tras una noche de borrachera cuando llevaba a sus padres del aeropuerto a casa. Ella estuvo estudiando hasta el amanecer para un examen de anatomía que debía realizar al día siguiente en la facultad de medicina. El cansancio le jugó una mala pasada a su hermano y el hielo de la calzada no ayudó en la delicada situación. Una valla de protección atravesó a sus padres haciéndoles partir en el acto. Peter tuvo mucha paciencia con su hermana tras el accidente del que milagrosamente salió ileso, pero ella nunca le perdonó su falta de responsabilidad. Las discusiones eran cada vez peores y su falta de sensibilidad empujó a su hermano a llenar la bañera con el rojo intenso de su vida. Ahora era ella la que estaba hundida por la culpabilidad. Dejó de ser la chica alegre de siempre para limitarse simplemente a existir. Ya no le quedaba nada a lo que aferrarse, ni si quiera su abuela era un firme amarre. Pronto faltaría y, a pesar de tener la cicatriz de la operación de apendicitis curada, no tendría tiempo de cicatrizar otras heridas incorpóreas, pero mucho más agudas. El dolor se hacía completamente insoportable. Puede que tras un período aún indefinido aprendiera a vivir con esa tortura. Puede que en el momento oportuno alguna extraña fuerza de la naturaleza le devolviera todo lo que la vida le había arrebatado. Puede que no. Puede que esas cosas sólo pasaran en las películas, pero una frágil e indefensa esperanza de felicidad florecía sin que ella se percatara si quiera.


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Fruto de un viaje de 9 horas contemplando un continuo y precioso paisaje nevado.
9 horas que merecieron la pena no sólo por la ráfaga de inspiración que creía que me había desaparecido, sino porque pasé 6 días geniales con 3 de mis pequeñitas.


He puesto también una encuesta arriba a la derecha para que opinéis sobre lo que escribo, ya que no sé si os gusta o no y tengo curiosidad.
Gracias por los votos.
Un saludo :)

martes, 5 de octubre de 2010

No temas, estoy aquí.

De madrugada la luna se escapa de una larga muralla de nubes que resplandecen a su paso. Unos metros más allá está ella. Melena larga, ojos como el cristalino mar, figura esbelta y unas hermosas piernas que asoman bajo su vestido negro de encaje. Su adorable rostro de muñequita de porcelana no se corresponde con su carácter. Pero es entrañablemente testaruda, quizá sea esa agridulce mezcla lo que me atrae tanto de ella. ¡Mierda, casi me ve! Ha faltado poco. Cualquiera que me vea acechándola pensaría que soy un psicópata. Vivo a dos manzanas de su casa y no soy capaz de acompañarla hasta la puerta. Suena estúpido hasta en mi cabeza... Me conformo con saber que llega sana y salva, aunque puede que nunca sepa que velo por su seguridad. No sé de qué tengo tanto miedo. Somos amigos de toda la vida, no debería resultar tan extraño. Esto es nuevo para mí. A lo mejor sólo es un capricho... No, no lo es. ¿A quién intentas engañar? No escucha lo que pienso, es inútil mentirse a sí mismo. Tengo que decírselo antes de que sea tarde. Está inquieta, mira mucho hacia atrás... ¿Qué hago, qué hago? ¡Ya sé! Tiraré una moneda. Cara, voy. Cruz, me doy la vuelta. Vale, es oficial: soy un completo inepto.

***

Hace una noche estupenda, aunque ha refrescado mucho. Debí haberme puesto unas medias, ya no estamos en verano. Parezco mi madre cuando hablo así. Menos mal que no tengo que reconocerlo delante de ella, sino en cada sermón de los suyos tendría que aguantarla cacareando una hora sobre las veces que le daré la razón cuando sea más mayor. Como si no fuera capaz de aprender de mis errores por mí misma... ¡me altera! No quiero saber qué me diría si supiera que vuelvo sola durante todo el trayecto. "Te tengo dicho que llames a tu padre para que vaya a buscarte, bla, bla, bla..." Sí, claro. Como si levantarse de la cama a las tantas para recoger a tu hija tras una noche de borrachera fuera agradable. Aunque odio caminar con tanto silencio, siempre tengo la sensación de que alguien me sigue. Les diré que me ha acompañado Josh, así se quedarán más tranquilos. Podría decirle algún día de una vez por todas que me da miedo este camino por la noche, pero no quiero que piense que lo digo con otras intenciones. Al menos no hasta tener claro qué es lo que siento. Todo iba genial cuando sólo le veía como un amigo más. ¿Y ahora qué? ¿Cómo voy a resistirme a esos cálidos ojos verdes y a ese suave pelo negro? Ya empiezo otra vez... Debería estar prohibido hablar con uno mismo a altas horas. Ya lo decían en aquella serie, no pasa nada bueno a partir de las dos de la mañana. Era algo así. ¿Qué ha sido eso? ¿Una moneda?

lunes, 23 de agosto de 2010

Lunes, otra vez.

Al igual que todos los comienzos de semana, le costaba horrores deshacerse del revoltijo de sábanas que le envolvían con delicadeza en sus álgidas noches. La casa seguía vacía y solo ella perturbaba el silencio sepulcral que dominaba su humilde morada. Le asustaba encontrarse a solas con sus pensamientos, que hervían a fuego lento. Su bombay, camuflado con la penumbra de la habitación, apareció maullando alrededor de su tobillo. Se agachó ligeramente para acariciarlo cuando un fuerte ruido irrumpió en la escena. Provenía del salón. Era la típica secuencia de suspense de las películas de terror. Chica soltera que vive sola con su gato, presa fácil. Solo que ella no tenía un gato, sino dos. Su travieso pixie bob era más curioso, si cabe, de lo normal. Había roto la figura de la Torre Eiffel que compraron en París en aquella escapada romántica. Su mirada parecía decirle que no había sido una trastada, sino un favor para que dejara de recordarle. Puede que tuviera razón. Al fin y al cabo, ellos habían sido sus únicos compañeros de piso desde que se marchó de casa por amor. ¿Quién iba a conocerle mejor? Su madre. 'No seas tonta, si lo dejas todo por él te arrepentirás. Hazme caso...' Pero nunca lo hacía, y odiaba tener casi la obligación de reconocer que estaba en lo cierto. Un tono, dos tonos, tres...
- Mamá, vuelvo a casa.
No hubo ningún 'te lo dije', ni cualquier otro juego de palabras que pudieran hacerle sentir peor de lo que ya se encontraba.
- Tu habitación sigue tal y como la dejaste. Quédate lo que quieras, es tu casa también.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Despedidas

Ese día, a esa hora, en aquel lugar. No sé si será un hasta luego o un punto y final. Puede que simplemente se trate de un punto y aparte demasiado largo, y los 'demasiado' nunca me han gustado. Me ponen nerviosa por el mero hecho de no saber con exactitud su duración. Y no, nadie lo sabe, nadie me puede asegurar un: 'Tranquila, mañana estará aquí contigo.' Pero ahora ya me sé la lección que me aconseja que viva solo el presente y que lo exprima como si cada una de sus sabrosas gotas fueran el zumo más valioso que jamás podré comprar. Y lo hago, disfruto como nunca lo he hecho. Mas nada es eterno. Todo tiene su precio, una consecuencia. Cada vez que toco el cielo y sonrío sin apenas darme cuenta de la felicidad que me invade, me duelen más las despedidas. Separaciones que no llevan ese nombre adjudicado porque mis esperanzadas neuronas me hacen reavivar el fuego de la ilusión por un próximo encuentro que no llega, pero que llegará con el tiempo. En la espera el tic-tac me martillea el tímpano sin cesar. Ni una sola tregua. Entonces es cuando me asaltan los recuerdos a mitad de camino entre la noche y el día. Vuelvo a sentir ese nerviosismo en el estómago como cada vez que le veo acercándose, oigo su voz, huelo su aroma o siento la ternura de sus abrazos que tanto echo en falta. Mis párpados anclados luchan frente al sueño en una pelea que solo el cansancio puede vencer, y caigo rendida contra mis sentimientos. Sin saber cómo, me encuentro en medio de la multitud del aeropuerto rastreando el avión que me devuelva la parte de mí que se ha perdido con él en algún recóndito rincón de Londres. Y me dejo llevar... una vez más.

martes, 27 de julio de 2010

Aquella noche...

Volvimos a encontrarnos, como la primera vez, bajo el amparo de un cielo estrellado. Ambos habíamos cambiado mucho, pero eso no nos impidió reconocer el brillo de nuestros ojos hablándose al unísono. Tus labios no tardaron en buscar los míos y ellos, perezosos, se dejaron atrapar sin oponer resistencia a lo que llevaban tiempo ansiando. Era tarde, pero no para nosotros. Jóvenes amantes de la luna que sólo se separan al alba. Y escondida en tu cama, en algún lugar entre las sábanas y el cobijo de tus brazos, nada podía robarme la seguridad que me regalabas con tu incandescencia. Tus manos ágiles recorrían mi cuerpo desnudo deteniéndose un rato donde se unen mis muslos y allí, en el abismo de mi acogedora caverna, desataban profundas y agitadas exhalaciones. Las mías, al compás de las tuyas, te obligaban a espirar tu cálido aliento creando en la habitación una complaciente corriente de aire que contaba, divertida, una historia más al viento. Y nuestra saliva, envidiosa, refrescaba nuestra piel a su antojo haciendo vibrar cada célula de nuestro ser. Y entre una ráfaga de besos apasionados y una marea de besos lentos, que tanto me gustan saborear, nos convertimos en un solo corazón desbocado. Aquella noche no hubo sexo para mí, tan solo suspiros de infinita ternura. Y ya no tuve miedo porque dormías conmigo, abrazándome con fuerza para que los recelosos rayos de sol, que se asomaban tímidos, no pudieran separarme de ti una vez más.

martes, 20 de julio de 2010

Nubes y claros.

Ayer vi paseando un corazón lánguido. Dejaba rastros tras sus pasos vacilantes, se estaba degradando. Nubarrones de un gris oscuro le acechaban con amenazas de tormenta, pero él parecía sumido en una burbuja, ajeno a todo lo que le rodeaba. Titubeante y taciturno proseguía lentamente con la mirada cabizbaja de quien ha perdido la esperanza. Los corazones que se cruzaban en su camino cambiaban la expresión tranquila de sus rostros por otra de lástima, como si se hubieran adentrado en un campo maldito atraídos por su magnetismo. La pobre ambigüedad les prohibía tomar partido en este juego ajeno a sus vidas. Mi percepción de la escena comenzaba a tornarse borrosa por culpa de una lluvia un poco traviesa que se negaba a reprimir sus ganas de salir a la calle. A modo de escudo, mis nervios ópticos ordenaron al cristalino que se acomodara enfocando un poco más allá, a lo lejos. Entre las nubes vislumbré un claro que iluminaba a otro corazón. Como un guerrero altruísta se iba abriendo paso con el optimismo de un día despejado que sólo parecía acompañarle a él. Sacó una frágil rosa envuelta en un frasco helado que le entregó al triste corazón. Sin ton ni son, la masa de vapor de agua que levitaba sobre él se esfumó dejando paso al abrigo del calor, derritiendo el hielo y devolviéndole la ansiada vitalidad a esa rosa, y a sí mismo también. Mi semblante repleto de asombro se duplicó cuando aquel filántropo me obsequió con el mismo presente. Una cuerda alrededor de la boquilla del recipiente, que ya refrescaba mis manos, sostenía una tarjeta donde se debaja leer un contundente 'SMILE'. - ¡Espere! - grité instintivamente. - ¿Quién es usted?
Le hice girarse 180º, pero su aspecto seguía sin perturbarse. Continuaba enseñando sus deslumbrantes dientes como si no supiera adoptar otro gesto.
- Soy el guardián del buen humor - me explicó-. Regalo 350g de nubes de algodón para ahuyentar a las de agua, 280g de corazones azucarados para endulzar el día, 200g de caramelos soleados capaces de transformar las gélidas noches en reconfortantes y cálidas sombras, 150g de un amplio surtido de sonrisas contagiosas, unos 80g más de saludables arrugas en un futuro relativamente lejano y una rosa azul que hace las veces de llave para nuevas oportunidades.

- No es posible. ¿Dónde está el truco?
Mi desconfianza tampoco crispó su abundante alegría, no debía ser la primera recelosa con la que se había topado en sus largas y agradables horas de trabajo.

- Sin trucos, no soy mago. Sólo tienes que asegurarte de que abres las puertas idóneas con tu nueva llave maestra.

Fueron sus últimas palabras antes de guiñarme uno de sus cristalinos ojos. Bajé la mirada para observar la delicada flor y, cuando me dispuse a elevarla de nuevo, no quedaba ni rastro del misterioso guardián en la transitada travesía.

miércoles, 7 de julio de 2010

Torbellinos de madrugada.

Gente. Mucha gente. Voces ahogadas por el estrepitoso volumen de la música. En medio de la multitud, yo. Giro la cabeza y ahí estás tú. Te miro. Me miras. Y por un pequeño instante, que a mí se me antoja eterno, siento que sólo existimos los dos. Me asusto. Aparto la mirada y sonrío azorada mientras intento que los ritmos abstractos que envuelven la estancia también absorban mi cuerpo. Pero recaigo en tus redes como recaen en la droga quienes se desintoxican. Nuestro cruce silencioso se repite con mayor intensidad y menor espacio de tiempo. Tiras de mí sin siquiera tocarme. Resisto, pero tú no. Y al acercarte haces que mi frágil corazón se altere. Llegas. Te aproximas impregnándome el aroma que emana de ti. Tu voz, cálida y segura. Tu aliento, aún más cálido, eriza el bello de mi nuca provocando una reacción en cadena que cesa en la punta de mis extremidades. Te vas y el miedo me impide levar el ancla que me retiene. Algunos lo llaman amor. A primera vista, pero siempre amor. Se me ha olvidado lo que esa palabra significa, pero recuerdo el dolor. Esa espina que agrieta la válvula que mantiene constante el flujo de mi amargo zumo de uvas. El culpable de que en algún momento se rompa en mil pedazos y tarde lo que a mí me parecen siglos en repararse. Y mis párpados descienden apagando la luz y otorgando un breve descanso a mis agotados ojos verdes. Y me transporto. Allí donde sólo yo tengo el control. Donde nadie puede dañarme. Donde puedo estampar una tarta en el rostro de un dependiente y marcharme corriendo sin pagar y sin pensar en las consecuencias. Donde puedo acudir al despacho de la profesora que más odio y escupirle insultos mientras vacío sus cajones, uso sus hojas a modo de confeti y echo abajo estanterías repletas de libros. Donde tengo un armario como el de Carrie Bradshaw y una nevera como la del anuncio de Heineken. Donde sólo llueve cuando ya no soporto el calor abrasador del sol. Donde puedo ser LIBRE.