martes, 1 de marzo de 2011
No intentes entenderlo.
Allí estaba él, sentado en medio de un desierto de semioscuridad, con un boquete en el pecho y el corazón al tenue abrigo de sus manos. No sabía si era un sueño o el río que había corrido siempre en su interior se escaparía por aquella cascada en los cinco segundos de aliento que parecían quedarle. Su vida no se le apareció ante sus ojos. Puede que fuera una buena señal y aquel trasto que había dejado de palpitar no le sirviera para subsistir, así que lo lanzó todo lo lejos que le permitió su leve fuerza. Ya no le dolían sus heridas, ni antiguas, ni recientes. El suelo se agrietó bajo sus pies y cayó en medio de un pasillo. Se alzó aturdido esperando que la nubosidad en el cristalino de sus ojos se esfumara sin cirugía. Los agarrotados músculos de sus piernas aún no le respondían bien. Quiso gritar, pero no encontraba esa parte de su cuerpo que le permitía hacerse notar en aquel inquietante silencio. Desesperado convocó a sus lágrimas que como fieles seguidoras descendieron de lo más alto, de donde la vista no alcanza. Las viscosas paredes del laberinto que le retenía se tornaron transparentes. Escondían todo lo que había retenido, todo lo que había relegado, todo lo que había sentido. Hasta el más mínimo detalle, ése que a la mayoría se nos olvida, estaba allí. Con frialdad se hizo paso con sus finos y alargados dedos de pianista arrancado sus errores que morían al contacto instantáneo con el exterior de su guarida. La ira del cielo le absorbió por su atrevimiento transportándole hacia una elección. En medio de un camino en el que sólo podía avanzar para descifrar el acertijo que abría una puerta, o retroceder para perderse en el alegre colorido de una gran extensión de árboles y matas. Se adelantó abrazando el obstáculo en un intento de apaciguarlo tras su intrusión. Una voz le susurró al oído que abriera los ojos. Se giró tembloroso rezumando por cada poro cada vez más terror. Al fin se percató de que se había equivocado al verse envuelto en medio de una habitación recubierta de espejos. Asumió la condena de aquel juego de infinitos universos paralelos fruto de sus delirios del que puede que nunca supiera salir, del que tal vez nunca pudiera aprender lo que no supo cultivar en vida.
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