Volvimos a encontrarnos, como la primera vez, bajo el amparo de un cielo estrellado. Ambos habíamos cambiado mucho, pero eso no nos impidió reconocer el brillo de nuestros ojos hablándose al unísono. Tus labios no tardaron en buscar los míos y ellos, perezosos, se dejaron atrapar sin oponer resistencia a lo que llevaban tiempo ansiando. Era tarde, pero no para nosotros. Jóvenes amantes de la luna que sólo se separan al alba. Y escondida en tu cama, en algún lugar entre las sábanas y el cobijo de tus brazos, nada podía robarme la seguridad que me regalabas con tu incandescencia. Tus manos ágiles recorrían mi cuerpo desnudo deteniéndose un rato donde se unen mis muslos y allí, en el abismo de mi acogedora caverna, desataban profundas y agitadas exhalaciones. Las mías, al compás de las tuyas, te obligaban a espirar tu cálido aliento creando en la habitación una complaciente corriente de aire que contaba, divertida, una historia más al viento. Y nuestra saliva, envidiosa, refrescaba nuestra piel a su antojo haciendo vibrar cada célula de nuestro ser. Y entre una ráfaga de besos apasionados y una marea de besos lentos, que tanto me gustan saborear, nos convertimos en un solo corazón desbocado. Aquella noche no hubo sexo para mí, tan solo suspiros de infinita ternura. Y ya no tuve miedo porque dormías conmigo, abrazándome con fuerza para que los recelosos rayos de sol, que se asomaban tímidos, no pudieran separarme de ti una vez más.
martes, 27 de julio de 2010
Aquella noche...
Volvimos a encontrarnos, como la primera vez, bajo el amparo de un cielo estrellado. Ambos habíamos cambiado mucho, pero eso no nos impidió reconocer el brillo de nuestros ojos hablándose al unísono. Tus labios no tardaron en buscar los míos y ellos, perezosos, se dejaron atrapar sin oponer resistencia a lo que llevaban tiempo ansiando. Era tarde, pero no para nosotros. Jóvenes amantes de la luna que sólo se separan al alba. Y escondida en tu cama, en algún lugar entre las sábanas y el cobijo de tus brazos, nada podía robarme la seguridad que me regalabas con tu incandescencia. Tus manos ágiles recorrían mi cuerpo desnudo deteniéndose un rato donde se unen mis muslos y allí, en el abismo de mi acogedora caverna, desataban profundas y agitadas exhalaciones. Las mías, al compás de las tuyas, te obligaban a espirar tu cálido aliento creando en la habitación una complaciente corriente de aire que contaba, divertida, una historia más al viento. Y nuestra saliva, envidiosa, refrescaba nuestra piel a su antojo haciendo vibrar cada célula de nuestro ser. Y entre una ráfaga de besos apasionados y una marea de besos lentos, que tanto me gustan saborear, nos convertimos en un solo corazón desbocado. Aquella noche no hubo sexo para mí, tan solo suspiros de infinita ternura. Y ya no tuve miedo porque dormías conmigo, abrazándome con fuerza para que los recelosos rayos de sol, que se asomaban tímidos, no pudieran separarme de ti una vez más.
martes, 20 de julio de 2010
Nubes y claros.
Ayer vi paseando un corazón lánguido. Dejaba rastros tras sus pasos vacilantes, se estaba degradando. Nubarrones de un gris oscuro le acechaban con amenazas de tormenta, pero él parecía sumido en una burbuja, ajeno a todo lo que le rodeaba. Titubeante y taciturno proseguía lentamente con la mirada cabizbaja de quien ha perdido la esperanza. Los corazones que se cruzaban en su camino cambiaban la expresión tranquila de sus rostros por otra de lástima, como si se hubieran adentrado en un campo maldito atraídos por su magnetismo. La pobre ambigüedad les prohibía tomar partido en este juego ajeno a sus vidas. Mi percepción de la escena comenzaba a tornarse borrosa por culpa de una lluvia un poco traviesa que se negaba a reprimir sus ganas de salir a la calle. A modo de escudo, mis nervios ópticos ordenaron al cristalino que se acomodara enfocando un poco más allá, a lo lejos. Entre las nubes vislumbré un claro que iluminaba a otro corazón. Como un guerrero altruísta se iba abriendo paso con el optimismo de un día despejado que sólo parecía acompañarle a él. Sacó una frágil rosa envuelta en un frasco helado que le entregó al triste corazón. Sin ton ni son, la masa de vapor de agua que levitaba sobre él se esfumó dejando paso al abrigo del calor, derritiendo el hielo y devolviéndole la ansiada vitalidad a esa rosa, y a sí mismo también. Mi semblante repleto de asombro se duplicó cuando aquel filántropo me obsequió con el mismo presente. Una cuerda alrededor de la boquilla del recipiente, que ya refrescaba mis manos, sostenía una tarjeta donde se debaja leer un contundente 'SMILE'. - ¡Espere! - grité instintivamente. - ¿Quién es usted?
Le hice girarse 180º, pero su aspecto seguía sin perturbarse. Continuaba enseñando sus deslumbrantes dientes como si no supiera adoptar otro gesto.
- Soy el guardián del buen humor - me explicó-. Regalo 350g de nubes de algodón para ahuyentar a las de agua, 280g de corazones azucarados para endulzar el día, 200g de caramelos soleados capaces de transformar las gélidas noches en reconfortantes y cálidas sombras, 150g de un amplio surtido de sonrisas contagiosas, unos 80g más de saludables arrugas en un futuro relativamente lejano y una rosa azul que hace las veces de llave para nuevas oportunidades.
- No es posible. ¿Dónde está el truco?
Mi desconfianza tampoco crispó su abundante alegría, no debía ser la primera recelosa con la que se había topado en sus largas y agradables horas de trabajo.
- Sin trucos, no soy mago. Sólo tienes que asegurarte de que abres las puertas idóneas con tu nueva llave maestra.
Fueron sus últimas palabras antes de guiñarme uno de sus cristalinos ojos. Bajé la mirada para observar la delicada flor y, cuando me dispuse a elevarla de nuevo, no quedaba ni rastro del misterioso guardián en la transitada travesía.
Le hice girarse 180º, pero su aspecto seguía sin perturbarse. Continuaba enseñando sus deslumbrantes dientes como si no supiera adoptar otro gesto.
- Soy el guardián del buen humor - me explicó-. Regalo 350g de nubes de algodón para ahuyentar a las de agua, 280g de corazones azucarados para endulzar el día, 200g de caramelos soleados capaces de transformar las gélidas noches en reconfortantes y cálidas sombras, 150g de un amplio surtido de sonrisas contagiosas, unos 80g más de saludables arrugas en un futuro relativamente lejano y una rosa azul que hace las veces de llave para nuevas oportunidades.
- No es posible. ¿Dónde está el truco?
Mi desconfianza tampoco crispó su abundante alegría, no debía ser la primera recelosa con la que se había topado en sus largas y agradables horas de trabajo.
- Sin trucos, no soy mago. Sólo tienes que asegurarte de que abres las puertas idóneas con tu nueva llave maestra.
Fueron sus últimas palabras antes de guiñarme uno de sus cristalinos ojos. Bajé la mirada para observar la delicada flor y, cuando me dispuse a elevarla de nuevo, no quedaba ni rastro del misterioso guardián en la transitada travesía.
viernes, 16 de julio de 2010
Sueños
No suelo escuchar sus canciones, pero en menos de un minuto, Shinoflow, me ha dejado obnubilada con este precioso fragmento.
"¿Qué ocurre cuando una persona te cuenta que ha soñado contigo el mismo día que tú has soñado con ella? Quizás no deba considerarse un sueño porque ha existido más allá de los límites de nuestra cabeza, ha casi rozado la realidad desdibujándose un poco antes de que abriéramos los ojos. No sé, a veces no me atrevo a decirle a alguien que he soñado con él o ella. Pero quizás se esté callando lo mismo y haya sido el travieso comité de los sueños siameses el que, en el momento de perder la noción de la razón y a través de un estudio molecular de nuestros deseos, ha sintonizado a la vez un mismo sueño para dos personas que tímidamente sueñan lo que no se atreven a confesar."
"¿Qué ocurre cuando una persona te cuenta que ha soñado contigo el mismo día que tú has soñado con ella? Quizás no deba considerarse un sueño porque ha existido más allá de los límites de nuestra cabeza, ha casi rozado la realidad desdibujándose un poco antes de que abriéramos los ojos. No sé, a veces no me atrevo a decirle a alguien que he soñado con él o ella. Pero quizás se esté callando lo mismo y haya sido el travieso comité de los sueños siameses el que, en el momento de perder la noción de la razón y a través de un estudio molecular de nuestros deseos, ha sintonizado a la vez un mismo sueño para dos personas que tímidamente sueñan lo que no se atreven a confesar."
jueves, 15 de julio de 2010
“Perdono, pero no olvido.”
Lo he dicho tantas veces... Pero hasta que no lo escuché en boca de otra persona, no comprendí que eso en realidad no es perdonar. Si te niegas a intentar olvidar todo el daño que te han hecho por mínimo que sea, si no intentas guardarlo bajo llave en un rincón de tu mente, siempre te quedará ese rencor dentro. Perdonar te libera, pero olvidar te cura. Lo único que ganas recordando es hacerte más daño si cabe. Es como un lastre que tira de ti, que te impide seguir. Aunque hay ocasiones en que la traición es tal que, incluso con el paso de los años, te sigue doliendo y aún más si tienes la desgarradora seguridad de que ese sujeto te lo volvería a hacer una y otra vez sin pudor alguno. Creo que el perdón y el olvido deben ir de la mano, siempre y cuando esa persona merezca realmente la pena.
sábado, 10 de julio de 2010
Sin riesgo, no hay recompensa.
Pero ¿qué hay cuando cada vez que saltas al vacío pierdes todo lo que has invertido en ello? Nada. Es como cuando te despiertas en la cama después de una noche de pesadillas sin tregua y, por el motivo que sea, no puedes volver a conciliar el sueño. Una mezcla de decepción y frustración. Son las ganas de crear una máquina del tiempo para reescribir tu vida con la certeza de no volver a cometer ese error. No obstante, olvidamos que si no es ese, mañana será otro; y, como por arte de magia, nos vemos en medio de un círculo vicioso del que no podemos salir. Así que supongo que lo único que nos queda es continuar. De la misma forma en que un bebé aprende a caminar. Sus piernas flojean. Se cae una y otra vez. Sin embargo, eso no le impide levantarse y dar al fin sus primeros pasos en un camino que será con el tiempo más y más difícil. Yo sé andar. Y tú también. ¿Por qué entonces no vamos a poder ponernos en pie de nuevo? No encuentro una razón convincente. A pesar de todo, sigo escondida entre las sábanas negándome a abrir los ojos, evitando participar en este cruce de destinos que llamamos vida.
jueves, 8 de julio de 2010
La felicidad es lo que tú decidas que sea.
Dicen que hay que tocar fondo para apreciar la vida... Quizá lo haya tocado alguna vez y por eso baño mis pensamientos de optimismo, porque sé que todos los buenos momentos compensan todo lo malo vivido. No hay nada comparado con esas ocasiones en las que te ríes tanto que crees incluso correr el riesgo de orinarte en los pantalones. Nada comparado con quedarte sentada en una roca al borde de un acantilado con los pies colgando hacia el mar, disfrutando del rugir de las olas mientras se pone el sol y comienzas a sentir el frescor del anochecer. Nada como que se te caigan las lágrimas de alegría por haber conseguido alcanzar tu sueño más preciado. Nada como sentir el viento acariciando tu piel, nada como las gotas de agua recorriendo cada rincón de tu cuerpo. Nada como un abrazo, un beso, una mirada de complicidad, una sonrisa dirigida sólo a ti. Nada como sentirte querida y querer a los demás. Nada como crecer día a día, madurar, amueblar las bases de tu personalidad. Nada como vivir.
miércoles, 7 de julio de 2010
Torbellinos de madrugada.
Gente. Mucha gente. Voces ahogadas por el estrepitoso volumen de la música. En medio de la multitud, yo. Giro la cabeza y ahí estás tú. Te miro. Me miras. Y por un pequeño instante, que a mí se me antoja eterno, siento que sólo existimos los dos. Me asusto. Aparto la mirada y sonrío azorada mientras intento que los ritmos abstractos que envuelven la estancia también absorban mi cuerpo. Pero recaigo en tus redes como recaen en la droga quienes se desintoxican. Nuestro cruce silencioso se repite con mayor intensidad y menor espacio de tiempo. Tiras de mí sin siquiera tocarme. Resisto, pero tú no. Y al acercarte haces que mi frágil corazón se altere. Llegas. Te aproximas impregnándome el aroma que emana de ti. Tu voz, cálida y segura. Tu aliento, aún más cálido, eriza el bello de mi nuca provocando una reacción en cadena que cesa en la punta de mis extremidades. Te vas y el miedo me impide levar el ancla que me retiene. Algunos lo llaman amor. A primera vista, pero siempre amor. Se me ha olvidado lo que esa palabra significa, pero recuerdo el dolor. Esa espina que agrieta la válvula que mantiene constante el flujo de mi amargo zumo de uvas. El culpable de que en algún momento se rompa en mil pedazos y tarde lo que a mí me parecen siglos en repararse. Y mis párpados descienden apagando la luz y otorgando un breve descanso a mis agotados ojos verdes. Y me transporto. Allí donde sólo yo tengo el control. Donde nadie puede dañarme. Donde puedo estampar una tarta en el rostro de un dependiente y marcharme corriendo sin pagar y sin pensar en las consecuencias. Donde puedo acudir al despacho de la profesora que más odio y escupirle insultos mientras vacío sus cajones, uso sus hojas a modo de confeti y echo abajo estanterías repletas de libros. Donde tengo un armario como el de Carrie Bradshaw y una nevera como la del anuncio de Heineken. Donde sólo llueve cuando ya no soporto el calor abrasador del sol. Donde puedo ser LIBRE.
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