Al igual que todos los comienzos de semana, le costaba horrores deshacerse del revoltijo de sábanas que le envolvían con delicadeza en sus álgidas noches. La casa seguía vacía y solo ella perturbaba el silencio sepulcral que dominaba su humilde morada. Le asustaba encontrarse a solas con sus pensamientos, que hervían a fuego lento. Su bombay, camuflado con la penumbra de la habitación, apareció maullando alrededor de su tobillo. Se agachó ligeramente para acariciarlo cuando un fuerte ruido irrumpió en la escena. Provenía del salón. Era la típica secuencia de suspense de las películas de terror. Chica soltera que vive sola con su gato, presa fácil. Solo que ella no tenía un gato, sino dos. Su travieso pixie bob era más curioso, si cabe, de lo normal. Había roto la figura de la Torre Eiffel que compraron en París en aquella escapada romántica. Su mirada parecía decirle que no había sido una trastada, sino un favor para que dejara de recordarle. Puede que tuviera razón. Al fin y al cabo, ellos habían sido sus únicos compañeros de piso desde que se marchó de casa por amor. ¿Quién iba a conocerle mejor? Su madre. 'No seas tonta, si lo dejas todo por él te arrepentirás. Hazme caso...' Pero nunca lo hacía, y odiaba tener casi la obligación de reconocer que estaba en lo cierto. Un tono, dos tonos, tres...- Mamá, vuelvo a casa.No hubo ningún 'te lo dije', ni cualquier otro juego de palabras que pudieran hacerle sentir peor de lo que ya se encontraba.
- Tu habitación sigue tal y como la dejaste. Quédate lo que quieras, es tu casa también.
Ese día, a esa hora, en aquel lugar. No sé si será un hasta luego o un punto y final. Puede que simplemente se trate de un punto y aparte demasiado largo, y los 'demasiado' nunca me han gustado. Me ponen nerviosa por el mero hecho de no saber con exactitud su duración. Y no, nadie lo sabe, nadie me puede asegurar un: 'Tranquila, mañana estará aquí contigo.' Pero ahora ya me sé la lección que me aconseja que viva solo el presente y que lo exprima como si cada una de sus sabrosas gotas fueran el zumo más valioso que jamás podré comprar. Y lo hago, disfruto como nunca lo he hecho. Mas nada es eterno. Todo tiene su precio, una consecuencia. Cada vez que toco el cielo y sonrío sin apenas darme cuenta de la felicidad que me invade, me duelen más las despedidas. Separaciones que no llevan ese nombre adjudicado porque mis esperanzadas neuronas me hacen reavivar el fuego de la ilusión por un próximo encuentro que no llega, pero que llegará con el tiempo. En la espera el tic-tac me martillea el tímpano sin cesar. Ni una sola tregua. Entonces es cuando me asaltan los recuerdos a mitad de camino entre la noche y el día. Vuelvo a sentir ese nerviosismo en el estómago como cada vez que le veo acercándose, oigo su voz, huelo su aroma o siento la ternura de sus abrazos que tanto echo en falta. Mis párpados anclados luchan frente al sueño en una pelea que solo el cansancio puede vencer, y caigo rendida contra mis sentimientos. Sin saber cómo, me encuentro en medio de la multitud del aeropuerto rastreando el avión que me devuelva la parte de mí que se ha perdido con él en algún recóndito rincón de Londres. Y me dejo llevar... una vez más.
El miedo me paraliza, las dudas nublan mi mente, el frío me congela, el temblor de mi cuerpo alborota mis pensamientos, el cemento sella mis labios, mis pestañas se humedecen ligeramente, las lágrimas no me dejan ver con claridad, el galopar de mi corazón intercepta el sonido de tu voz, la oscuridad obstaculiza mi búsqueda, los escombros entorpecen mi huída, la inquietud punza mis nervios, la culpa frustra mi ego, la realidad me abofetea casi cada mañana, la suerte resbala entre mis manos, la desesperación entrecorta mi aliento, la presión entumece mis músculos, las responsabilidades me asfixian, los esfuerzos son infravalorados, la vida me echa un pulso, las fuerzas flaquean...