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lunes, 11 de abril de 2011

Efímero

A veces nada te alegra tanto el día como un abrazo. Mirarte y creer ver un brillo especial en tus ojos. Introducirse en la oscuridad de tus pupilas, llegar donde quizá nadie haya puesto un pie y conquistar esa zona hostil como Neil Armstrong la luna aquel 21 de julio de 1969. Tal vez sólo haya sido un simple espejismo creado por esa extraña ilusión de la que vivimos los humanos. Hoy no veo nada de eso por ninguna parte. A lo mejor es ese el problema, que tengo que imaginarme qué pasa en tu cabeza. He intentado buscarlo, no te creas que me doy por vencida tan pronto. Pero sólo he encontrado un hasta luego, un 'luego' tan indefinido que casi me desgarra. Suerte que he abierto los ojos sobresaltada mientras agarraba mi tripa con fuerza tratando de evitar en vano que alguien se abriera paso a través de mi ombligo para robarme el corazón. Parecía tan real... Vale, puede que sea hora de reconocerlo. Tengo un miedo que no me cabe en el pecho, que me ahoga cada noche, que alborota mis párpados manteniéndome en vela. El cielo se ha desperezado como cada amanecer, solo que hoy tras ese sombrío letargo se ha levantado desnudo. Nos colma de buen humor que nos enfoquen desde lo alto con esa deslumbrante luz, aunque a veces nos ciegue unos segundos por intentar conquistar su incesable mirada. Parece que el sol tiene una cita con el mundo para hacernos brillar. Yo he decidido darles plantón y lo único que me ayuda a sentirme menos 'rara', es saber que en algún lugar del esferoide alguien ha cometido la misma osadía. Noel Clarasó dijo: "Lanza primero tu corazón y tu caballo saltará el obstáculo. Muchos desfallecen ante el obstáculo. Son los que no han lanzado primero el corazón". Mañana pasaré la página que tanto me he resistido a cruzar. Ya nunca más quedará en mi mano esa esperanza, te la cedo a ti para cuando dejes de creer que estoy hecha a prueba de tus balas.

lunes, 23 de agosto de 2010

Lunes, otra vez.

Al igual que todos los comienzos de semana, le costaba horrores deshacerse del revoltijo de sábanas que le envolvían con delicadeza en sus álgidas noches. La casa seguía vacía y solo ella perturbaba el silencio sepulcral que dominaba su humilde morada. Le asustaba encontrarse a solas con sus pensamientos, que hervían a fuego lento. Su bombay, camuflado con la penumbra de la habitación, apareció maullando alrededor de su tobillo. Se agachó ligeramente para acariciarlo cuando un fuerte ruido irrumpió en la escena. Provenía del salón. Era la típica secuencia de suspense de las películas de terror. Chica soltera que vive sola con su gato, presa fácil. Solo que ella no tenía un gato, sino dos. Su travieso pixie bob era más curioso, si cabe, de lo normal. Había roto la figura de la Torre Eiffel que compraron en París en aquella escapada romántica. Su mirada parecía decirle que no había sido una trastada, sino un favor para que dejara de recordarle. Puede que tuviera razón. Al fin y al cabo, ellos habían sido sus únicos compañeros de piso desde que se marchó de casa por amor. ¿Quién iba a conocerle mejor? Su madre. 'No seas tonta, si lo dejas todo por él te arrepentirás. Hazme caso...' Pero nunca lo hacía, y odiaba tener casi la obligación de reconocer que estaba en lo cierto. Un tono, dos tonos, tres...
- Mamá, vuelvo a casa.
No hubo ningún 'te lo dije', ni cualquier otro juego de palabras que pudieran hacerle sentir peor de lo que ya se encontraba.
- Tu habitación sigue tal y como la dejaste. Quédate lo que quieras, es tu casa también.