Gente. Mucha gente. Voces ahogadas por el estrepitoso volumen de la música. En medio de la multitud, yo. Giro la cabeza y ahí estás tú. Te miro. Me miras. Y por un pequeño instante, que a mí se me antoja eterno, siento que sólo existimos los dos. Me asusto. Aparto la mirada y sonrío azorada mientras intento que los ritmos abstractos que envuelven la estancia también absorban mi cuerpo. Pero recaigo en tus redes como recaen en la droga quienes se desintoxican. Nuestro cruce silencioso se repite con mayor intensidad y menor espacio de tiempo. Tiras de mí sin siquiera tocarme. Resisto, pero tú no. Y al acercarte haces que mi frágil corazón se altere. Llegas. Te aproximas impregnándome el aroma que emana de ti. Tu voz, cálida y segura. Tu aliento, aún más cálido, eriza el bello de mi nuca provocando una reacción en cadena que cesa en la punta de mis extremidades. Te vas y el miedo me impide levar el ancla que me retiene. Algunos lo llaman amor. A primera vista, pero siempre amor. Se me ha olvidado lo que esa palabra significa, pero recuerdo el dolor. Esa espina que agrieta la válvula que mantiene constante el flujo de mi amargo zumo de uvas. El culpable de que en algún momento se rompa en mil pedazos y tarde lo que a mí me parecen siglos en repararse. Y mis párpados descienden apagando la luz y otorgando un breve descanso a mis agotados ojos verdes. Y me transporto. Allí donde sólo yo tengo el control. Donde nadie puede dañarme. Donde puedo estampar una tarta en el rostro de un dependiente y marcharme corriendo sin pagar y sin pensar en las consecuencias. Donde puedo acudir al despacho de la profesora que más odio y escupirle insultos mientras vacío sus cajones, uso sus hojas a modo de confeti y echo abajo estanterías repletas de libros. Donde tengo un armario como el de Carrie Bradshaw y una nevera como la del anuncio de Heineken. Donde sólo llueve cuando ya no soporto el calor abrasador del sol. Donde puedo ser LIBRE.
miércoles, 7 de julio de 2010
Torbellinos de madrugada.
Gente. Mucha gente. Voces ahogadas por el estrepitoso volumen de la música. En medio de la multitud, yo. Giro la cabeza y ahí estás tú. Te miro. Me miras. Y por un pequeño instante, que a mí se me antoja eterno, siento que sólo existimos los dos. Me asusto. Aparto la mirada y sonrío azorada mientras intento que los ritmos abstractos que envuelven la estancia también absorban mi cuerpo. Pero recaigo en tus redes como recaen en la droga quienes se desintoxican. Nuestro cruce silencioso se repite con mayor intensidad y menor espacio de tiempo. Tiras de mí sin siquiera tocarme. Resisto, pero tú no. Y al acercarte haces que mi frágil corazón se altere. Llegas. Te aproximas impregnándome el aroma que emana de ti. Tu voz, cálida y segura. Tu aliento, aún más cálido, eriza el bello de mi nuca provocando una reacción en cadena que cesa en la punta de mis extremidades. Te vas y el miedo me impide levar el ancla que me retiene. Algunos lo llaman amor. A primera vista, pero siempre amor. Se me ha olvidado lo que esa palabra significa, pero recuerdo el dolor. Esa espina que agrieta la válvula que mantiene constante el flujo de mi amargo zumo de uvas. El culpable de que en algún momento se rompa en mil pedazos y tarde lo que a mí me parecen siglos en repararse. Y mis párpados descienden apagando la luz y otorgando un breve descanso a mis agotados ojos verdes. Y me transporto. Allí donde sólo yo tengo el control. Donde nadie puede dañarme. Donde puedo estampar una tarta en el rostro de un dependiente y marcharme corriendo sin pagar y sin pensar en las consecuencias. Donde puedo acudir al despacho de la profesora que más odio y escupirle insultos mientras vacío sus cajones, uso sus hojas a modo de confeti y echo abajo estanterías repletas de libros. Donde tengo un armario como el de Carrie Bradshaw y una nevera como la del anuncio de Heineken. Donde sólo llueve cuando ya no soporto el calor abrasador del sol. Donde puedo ser LIBRE.
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