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sábado, 5 de marzo de 2011

Lo que el viento no te acerca, sal a buscarlo.

"Vendo emociones. Me sobra gran cantidad de miedos y otro tanto de tristeza. Tengo mucho amor escondido y poca gente a la que regalárselo. De alegría no voy muy completa así que lo siento si es lo que más falta te hacía. Te obsequio con suerte, pero sólo para encontrar objetos que creías perdidos, he comprobado que no sirve en juegos de azar. Una lástima que no valga para la lotería, ¿verdad?"

Nunca leía la sección de anuncios del periódico. Sin embargo, había caído sin querer en la trampa de aquellas misteriosas palabras escoltadas por un número de teléfono. Ningún nombre, ninguna explicación, sólo lo que había leído y releído segundos antes. Miró a su alrededor asustado por si alguien se hubiera percatado de sus dudas y estuviera reprimiendo sus ganas de burlarse de él. Echó un vistazo a su móvil, como esperando que supiera lo que debía hacer. Ni siquiera sabía si era una mujer la autora de ese sobrecogedor mensaje cifrado. Le inspiraba tanta curiosidad que casi se dejó llevar por aquel impulso. Pagó su rutinario desayuno: un espumoso capuccino acompañado de un exquisito croissant cubierto de miel. Se guardó el periódico bajo el brazo por si al seguir leyéndolo tuviera más opciones de caer en la tentación y salió a la calle. Al otro lado de la carretera, la chica de hielo le dedicaba una preciosa sonrisa que no duró mucho tiempo. Nunca había comprendido por qué le apodó así la gente del pueblo, a él siempre le sonreía. Revolvía en su bolso para sacar finalmente su móvil. Mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, le veía responder y colgar exasperada con la misma rapidez con la que había cambiado la expresión de su delicado rostro hacía un escaso minuto. Levantó la cabeza, le miró derritiéndole y siguió su camino hacia la floristería. Fingió ir en la misma dirección y, sin comprender muy bien el motivo que le había llevado hasta allí, entró también esperando tras ella su turno.
- ¡Hola, niñita! - Saludó amablemente la anciana. - ¿Qué desea?
- Quiero una docena de orquídeas mariposa.
- Phalaenopsis. El nombre procede del griego: phalaina, “mariposa” y opsis, “parecido”. Por eso, se les llama “orquídeas mariposa”, aunque tiene otros nombres. Son para tu abuela, ¿verdad? - La chica asintió. - ¿Cómo se encuentra?
- Está mejorando. Le daré recuerdos de su parte.
- Me alegro muchísimo. ¿Quiere que le escriba unas notas sobre sus cuidados?
- No se preocupe, mi abuela es una experta. ¿Puede enviárselas a casa?
- Claro. Para el 8 de marzo si no recuerdo mal...
- Recuerda perfectamente.
- ¡Que Dios me guarde mi pequeño don!
Ella no soportaba hablar de temas religiosos, aunque fuera una mera expresión de gratitud de una fe impregnada desde la infancia de aquella honrada mujer entrada en años. Se despidió cortésmente y continuó con aquella bonita mañana de invierno. La nieve hacía juego con su tez de porcelana.
- ¡Joven, oiga!
- ¡Oh, perdóneme! Estaba en mis cosas y...
- No se preocupe. Es una chica muy guapa, lo entiendo.
- No, cree que... Yo no, de verdad. Estaba... contemplando el radiante día que ha amanecido hoy, de veras. Hacía tiempo que no se veía el sol por estas tierras.
La anciana siguió con la conversación, aunque no había conseguido engañarla. A su edad ya sabía demasiado relacionado con el amor. Después de compartir tantos años al lado de su difunto marido, conocía perfectamente aquella mirada aparentemente perdida que seguía las curvas de una mujer.
- He visto en el cartel que necesita un repartidor y me preguntaba si seguía libre el puesto.
- ¿Y su trabajo? ¿Ya no quiere seguir siendo gerente?
- Sí, lo seguiré siendo. Ahora en la empresa no hay mucho que hacer, en esta época estamos un poco parados. Le dejaré mi número de teléfono por si decide darme el puesto.
Cogió una pluma del mostrador y buscó en los bolsillos de su pantalón un trozo de papel, temiendo que aquel arrebato de locura no fuera el último de la jornada.
- Mire, apúntelo aquí mismo -la anciana le cedió un cuaderno donde apuntaba los pedidos de la clientela-. Empiezas el lunes que viene a las nueve de la mañana.
- ¡Genial! Llegaré puntual.
Ya no había forma de volverse atrás, ni si quiera la excusa de rebuscar un pedazo arrugado de papel le podía sacar del lío en el que se había metido. Suerte que su jefe le había ofrecido participar en un nuevo estudio que estaba realizando el gobierno sobre el empleo desde el hogar. Ahora que tenía otro trabajo, no le quedaba más remedio que aceptarlo si quería conservar el actual puesto. Se quedó en medio de la calle mirando la cafetería de la que había salido diez minutos antes, donde casi cometió la insensatez de llamar al número de vete a saber quién, y ahora era repartidor porque no se le ocurría mejor forma de saber dónde vivía la chica que le dejaba helado. Una buena idea para conocer más sobre sus misterios, o tal vez un poco enfermizo. Cómo acabaría todo, aún no lo sabía nadie.







Puede que siga escribiendo sobre estos personajes (si me se ocurre una historia que enganche, claro). No sé, les he cogido cariño. El dibujo también lo he hecho yo en uno de esos ratos libres que no debería tener por aquello del agetreo de la universidad... He perdido un poco de práctica, como con el piano que lo he vuelto a dejar abandonado desde hace unos meses, así que ya es hora de desempolvar mis aficiones.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Algunas pesadillas no se acaban cuando abrimos los ojos

Frío. En pleno mes de diciembre era lo habitual, y más en aquella prominente montaña. A ella le parecía una temperatura excelente; pero siempre había sido una chica gélida, así que su opinión casi nunca contaba en estos temas. En lo alto del acantilado, el viento le llenaba los pulmones del aire más puro del planeta con tanta velocidad que casi le ahogaba. Abajo, los árboles parecían una red de seguridad hecha de algodón que le invitaba a lanzarse al vacío como si en un parque de atracciones se encontrara. No le faltaban ganas, ni razones para hacerlo; pero estaba tan agusto camuflada en un entorno tan similar a ella, que decidió quedarse a vivir allí. Siguió bordeando el límite del abismo que le reclamaba su alma. Pisaba con sumo cuidado temiendo romper la magia de aquel hermoso lugar, de esa bella prolongación de su ser. El horizonte simulaba un escalón para ascender a las nubes, y de ahí al cielo. Le ofrecía un ápice de imaginación con el fin de volverle a transportar al mundo de sus sueños que tan abandonado había dejado en ese último año. A la derecha, un pequeño pueblo lucía vivos colores a través del manto de niebla que amenazaba con sumergirla en el olvido durante unos instantes. Se acercaba la Navidad. Su abuela solía desplazarse a la ciudad para pasarla junto a sus padres, su hermano Peter y ella. Esta vez había sido la chica de hielo la que había acudido al amparo de la tranquila casa de Geraldine, su abuela. El piso de la gran metrópoli estaba a la venta. Ya no soportaba dormir bajo ese techo, no después de todo lo ocurrido. Lágrimas brotaron como manantiales refrescándole no sólo por fuera, sino también recorriendo cada célula de su desgarrado corazón. Comenzaba a anochecer y sabía que le esperaba una pequeña reprimenda de Geraldine al llegar a casa. "Te tengo dicho que no salgas con este tiempo. Si te pilla una tormenta podrías perderte y a mi edad no estoy hecha a prueba de tantos disgustos, hija mía. Hazlo por mí aunque sea..." le repetía una y otra vez. No lo entendía, no comprendía que necesitaba esos momentos de soledad mirando a la nada mientras el furioso viento le abofeteaba sin tregua. Tenía que sacar su corazón quebrado a pasear para congelar sus trozos cual agua de río y así, asegurarse de que por la noche se mantendrían intactos cuando su subconsciente le traicionara como cada vez que se adentraba en la profunda oscuridad de su interior. "¡Tú les mataste! No llorás de tristeza, lloras porque sabes que fue tu maldita culpa". Nunca debió pronunciar aquellas palabras, y las consecuencias le impedían descansar a la hora de acostarse. Peter era tres años menor que ella y siempre habían sido uña y carne, hasta que se quedó dormido al volante tras una noche de borrachera cuando llevaba a sus padres del aeropuerto a casa. Ella estuvo estudiando hasta el amanecer para un examen de anatomía que debía realizar al día siguiente en la facultad de medicina. El cansancio le jugó una mala pasada a su hermano y el hielo de la calzada no ayudó en la delicada situación. Una valla de protección atravesó a sus padres haciéndoles partir en el acto. Peter tuvo mucha paciencia con su hermana tras el accidente del que milagrosamente salió ileso, pero ella nunca le perdonó su falta de responsabilidad. Las discusiones eran cada vez peores y su falta de sensibilidad empujó a su hermano a llenar la bañera con el rojo intenso de su vida. Ahora era ella la que estaba hundida por la culpabilidad. Dejó de ser la chica alegre de siempre para limitarse simplemente a existir. Ya no le quedaba nada a lo que aferrarse, ni si quiera su abuela era un firme amarre. Pronto faltaría y, a pesar de tener la cicatriz de la operación de apendicitis curada, no tendría tiempo de cicatrizar otras heridas incorpóreas, pero mucho más agudas. El dolor se hacía completamente insoportable. Puede que tras un período aún indefinido aprendiera a vivir con esa tortura. Puede que en el momento oportuno alguna extraña fuerza de la naturaleza le devolviera todo lo que la vida le había arrebatado. Puede que no. Puede que esas cosas sólo pasaran en las películas, pero una frágil e indefensa esperanza de felicidad florecía sin que ella se percatara si quiera.


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Fruto de un viaje de 9 horas contemplando un continuo y precioso paisaje nevado.
9 horas que merecieron la pena no sólo por la ráfaga de inspiración que creía que me había desaparecido, sino porque pasé 6 días geniales con 3 de mis pequeñitas.


He puesto también una encuesta arriba a la derecha para que opinéis sobre lo que escribo, ya que no sé si os gusta o no y tengo curiosidad.
Gracias por los votos.
Un saludo :)