Tic-tac. Tic-tac. Mi vida no se mide en un cúmulo de horas, minutos y segundos. Ese tímido sonido que apenas se deja oír emana de un reloj peculiar que se esconde asustado en algún lugar del corazón. Nunca sé desde qué célula susurra, sólo se que lo hace cuando se agota mi dosis de ti. Así es como llevo la cuenta de mis días. Empiezan cuando te veo y acaban cuando te vas. Lo demás es algo tan pasajero que ni si quiera permito que ocupe tu lugar en mi calendario. A veces, cuando los susurros se convierten en grititos acelerados y nerviosos, temo que los oigas y me alejo del cobijo de tu abrazo para retrasar un reencuentro que hasta mi cronógrafo ansía. Tú pareces perdido en el horizonte de mis ojos cristalinos que se atisban más brillantes reflejados en los tuyos que en la imagen de los míos. Con cautela, tus manos juguetean enredándose en mi ropa la cual, ágil, entorpece tu camino hacia nuestra tan visitada Avenida Lujuria, en la 3 con la 15 de la Calle del Deseo hasta llegar a aquel edificio nuevo que han llamado Frenesí, donde me borras el carmín a besos como cada anochecer. A veces entregados en un salvaje vaivén, otras sumidos en un tierno y lento viaje; pero siempre con el placer como único destino. No importa lo que tardemos en llegar; al fin y al cabo, el tiempo se evapora, el tiempo no existe sin recuerdos etiquetados.

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Hacía tiempo que no publicaba nada escrito por mí y es que me cuesta mucho últimamente. Me he acostumbrado tanto a pisar sobre tierra firme que casi se me ha olvidado lo que es dejar volar mi imaginación para que salgan cosas como ésta. Espero que os haya gustado.